Señor Gavilanes: ¿Cómo llegaron a sus manos estas memorias? R. Por dos vías y casi simultáneamente. En primer lugar, a través de la lectura del bello libro del historiador salmantino Benito Bermejo, sobre el fotógrafo catalán Francisco Boix, en el que había una cita bibliográfica sobre unas memorias inéditas de un tal Prisciliano García Gaitero, en poder del austriaco Han Landauer, un exbrigadista internacional que vino con 16 años a luchar a España contra el fascismo incipiente que amenazaba con devorar Europa y el mundo entero. Enseguida comprobé que ese nombre estaba en la lista de leoneses. El contacto con Hans dio resultado para conseguir la trascripción ya hecha del manuscrito. Luego logré contactar con la familia de Prisciliano (véase biografía) que acostumbraba a veranear en Fuentes de Carbajal. Hablamos, nos encariñamos, y todo fueron facilidades para que yo asumiese la tarea de poner ropaje literario, comentario y estudio a lo escrito por Prisciliano entre 1945 y 1949, año de su muerte. La literatura sobre el Holocausto es copiosa, ¿qué aporta esta nueva obra? R. Cada recuerdo personal es valioso en sí mismo. Pero con el Holocausto nos enfrentamos a la incomoda certeza de que las personas que pueden dar testimonio directo de su experiencia, están desapareciendo. En muy pocos años, nadie de los que han pasado por los campos de concentración nazis quedará con vida. Por otra parte, el Holocausto es quizá uno de los episodios más estremecedores de toda la Historia. Sólo por esto, las memorias de Prisciliano ya son importantes; pero además su odisea está relatada con gran lucidez y sobrecogedora dignidad. Mi vida en los campos de la muerte nazi no es un documento más: es un testimonio extraordinario. Su dedicación académica (véase biografía) está alejada de los ámbitos históricos, ¿qué le induce a dejar aparcadas sus investigaciones filológicas para zambullirse en el sórdido universo concentracionario nazi? R.Mi espíritu no aguanta estar encorsetado por mucho tiempo dentro de una misma actividad, aunque ella me guste y gratifique. Ortega dijo aquello que el hombre era su “yo” y su “circunstancia”. La circunstancia (o contingencia) me llevó un día a Salzburgo y Mauthausen estaba a un paso. Allí, lo sabemos ya todos, vaciaron de vida a miles de españoles, entre los que había una treintena, al menos, de leoneses. Como amo al paisaje y paisanaje de mi tierra, no he podido resistir la curiosidad de interesarme por los más cercanos a mi sangre que sufrieron aquella terrible aventura de la historia. Y en esa labor, no sólo tiene cabida la curiosidad y el sentimiento, sino también, en alguna medida, la filología, por la cantidad de textos que he tenido que leer, interpretar y cotejar. Por lo que dice, hubo de rastrear intensamente en varios archivos. ¿Cuáles han sido sus fuentes prioritarias? R. Como fuente primordial he consultado los distintos libros testimoniales y de estudio que han ido apareciendo y que he ido cotejando con el original, generalmente después de 1975, escritos por los propios deportados y por estudiosos del asunto. Me refiero a nombres como Manuel Razola, Mariano Constante, Batiste Baila, de Dios Amill...; o Montserrat Roig, Wingeate Pike, Benito Bermejo, Pons Prades, etc. En segundo lugar, la ayuda estimable de Hans Landauer en la consulta de los archivos de Mauthausen, Viena, Dachau y Arolsen. También he encontrado bastante información en el Archivo General de la Guerra Civil, en Salamanca, especialmente para el esclarecimiento de numerosos nombres propios que figuran en el testimonio escrito por Prisciliano. Dentro de ese archivo está el fondo de la FEDIP, la Federación Española de Deportados e Internados Políticos, anteriormente con sede en París. En esa labor de contextualización es donde radica, pienso yo, lo más destacado de mi labor, en aras de dar al lector el máximo de información. Por lo que respecta al propio Prisciliano, la información ofrecida por la familia a través de su hermano César y de sus sobrinos Amador y Prisciliano ha sido fundamental. ¿Cómo se puede sobrevivir a Mauthausen, Gusen y Dachau? R. Por lo que yo he podido saber a través de la consulta de todo lo mucho ya escrito sobre el asunto, la supervivencia se daba generalmente por la conjugación de varios factores: una muy buena salud, puestos prominentes en el interior de los barracones del campo, un plus de alimentación y la solidaridad entre los propios internos; pero, sobre todo, no darse nunca por vencido, para lo cual era indispensable acendrada fe puesta en lo divino o en lo humano. Una salud débil, una entrada en años, una reiterada actividad de trabajo en el exterior o una claudicación anímica, eran sinónimos de fallecimiento inmediato. Desgraciadamente el reverso tenebroso que conllevaba el instinto supervivencia se dio también –aunque en contados casos– en algunos españoles que colaboraron con la brutalidad de los SS, confiando en que era el mejor camino para salvar el pellejo. A la postre, quien optó por ese comportamiento —como se cuenta en el libro— le costó la vida, bien como venganza espontánea ejecutada por alguna de sus víctimas, o bien a través de una sentencia judicial. En el libro se habla de una intensa relación de los españoles con los brigadistas que habían participado en la Guerra Civil. R. Efectivamente, por lo que cuenta Prisciliano en sus memorias (y también como reflejan otros testimonios) los brigadistas que lucharon a favor de la II República y que, como, por ejemplo, en el caso de austriacos y alemanes, no pudieron regresar a sus respectivas países por motivos políticos, fueron apresados e internados en los campos y estuvieron siempre muy unidos a los españoles. En Mauthausen y, sobre todo, por lo que cuenta Prisciliano, en Dachau, los brigadistas austriacos y alemanes, por su condición de conocedores tanto del idioma alemán como del español, ocupaban puestos de privilegio en el campo y se significaron por la trascendental ayuda que prestaron a otros reclusos, especialmente españoles, junto con quienes habían luchado codo a codo en España. Aquí destaca sobremanera la figura de Hans Landauer, al que los españoles celebraron como salvador. R.La singularidad de Hans Landauer fue decisiva en la supervivencia (aunque ésta fuera un tanto efímera) de Prisciliano, y también de otros españoles, como lo acredita una cartulina con sus firmas, que Hans muestra con orgullo. Hans continúa siendo, desde su atalaya en el archivo de la resistencia en Viena, la persona amable, siempre disponible, competente, y una ayuda inestimable para todos los curiosos e investigadores que precisen el esclarecimiento de algún dato sobre deportados en campos de exterminio nazis. El regreso a casa de los supervivientes de los campos de concentración nunca fue fácil; pero el de los españoles debió ser doblemente doloroso. ¿Adónde regresaban? R. La gran mayoría de los republicanos españoles de Mauthausen y de Dachau, regresó a Francia, en donde, dicho sea de paso, les dieron hospedaje muy alejado del vergonzoso confinamiento con que fueron recibidos al tener que escapar en 1939 de la ira y el castigo de sus vencedores. De los indemnes que no murieron de inmediato, por no tener graves secuelas en el cuerpo o en el alma, después de un primer período de asistencia sanitaria, cada uno se las arregló como pudo. Un buen porcentaje se casó con francesas y formaron familia. Otros se vieron envueltos en la fracasada incursión por el Valle de Arán al término de la guerra mundial, engañados por una previsible reacción antifranquista de los aliados y desde el interior, sin darse cuenta que en ese momento el enemigo ya no era el nazi o fascista, sino el comunista. Un menor número regresó a España después de muchas gestiones y tras conseguir avales. Unos pocos se quedaron en Austria u otros países europeos, cargándose también de responsabilidades familiares... La casuística fue, como se ve, bastante compleja. Te adaptas o sucumbes, no hay término medio. En su libro se incluye una foto de Prisciliano redactando sus memorias en el hospital mientras aguarda una muerte cierta. Es una imagen demoledora, pero ¿es también un triunfo sobre la barbarie a la que había sobrevivido? R. El propósito de Prisciliano, como lo consigna en el prólogo de sus memorias, es el de denuncia, acusación, deseo de justicia y castigo para los culpables. Parece que hubo un consenso entre los supervivientes que se concitaron para jurar solemnemente que aquello que habían sufrido no quedase barrido por el viento del olvido. La vida en los campos nazis fue un ejercicio de horrores, pero también para poner de manifiesto todo lo bueno que alberga en el hombre. Dignidad, solidaridad, altruismo deberían imponerse sobre los factores negativos también propios de la condición humana. Por eso, pienso yo, en esa fotografía se percibe un rictus de alegría en el rostro de Prisciliano, mientras hojea su propio cuadernillo, aunque la muerte ya le ande pisando los talones. Esa expresión es un triunfo contra sí mismo, por no haberse dado por vencido y no haber mancillado su dignidad. La sonrisa que aflora de sus labios hay que interpretarla como la que debió de experimentar Cristo cuando en el desierto resistió las tentaciones del demonio. Cuando Prisciliano escribe su cuaderno en el hospital de Bichat, ¿cree usted que lo hacía con una intención pública; esto es, podía estar soñando en aquel momento con verlas publicadas algún día? R.Aunque no hay ninguna indicación expresa ni ninguna noticia que nos haga pensar el propósito decidido del autor de hacer públicas sus memorias, es obvio que, por lo general, todo aquel que escribe piensa en un destinatario, bien sea una persona particular o un colectivo. Pienso también que Prisciliano era consciente de que su testimonio, para ser publicado, necesitaba un complemento gramatical y literario: una especie de cuerpo al que para sacarlo a la calle había que vestirlo, aunque no tuviese que ser necesariamente con corbata y cuello duro. Lo fundamental de Prisciliano, como de otros testimonios es el propósito, implícito o explícito, de “que esto se sepa”. Sin embargo, ha habido casos en que lo escrito no ha querido rebasar el mero círculo familiar. Y hasta aquellos que, una vez licenciados del sufrimiento, no sólo no han escrito ni una sola palabra, sino que no han querido saber nada de lo vivido, ni siquiera que se le pregunte. Un leonés criado en Asturias que está sepultado en Fontenay-sous-Bois bajo una lápida con la inscripción: Muerto por Francia. ¿No va siendo hora de recuperar una parte de nuestra historia? R. Desde mi punto de vista: tajantemente, sí. Cuando yo era muy joven, nos educaron en la escuela, en la calle, en la iglesia, en la radio, en la prensa…, de modo inequívoco, en el maniqueísmo de quiénes habían sido los “buenos” y quiénes los “malos”. Paulatinamente, y merced a nuestra perspicacia, pudimos enterarnos de que lo que nos contaban, o era una tergiversación de la realidad o una verdad a medias. Y que el castigo de los “malos” había sido en gran medida arbitrario e inhumano. De ahí, que el intento de recobrar la parte tantos años silenciada —en lo que se ha dado en llamar “recuperación de la memoria histórica”— no debe ser objeto de repudio o motivo de indigestión para nadie. Porque en ello no hay ningún veneno vindicativo, sino el único propósito de poner las cosas en su justo lugar, para que, luego, sin acritud, se den todas las interpretaciones que se quieran. Pero algunos de nuestros compatriotas no digieren bien que se hable o se investigue objetivamente regurgitando el pasado, no siendo que Saturno vuelva a devorar a sus hijos en esta nuestra piel de toro donde, como dijo nuestro Antonio Machado, “anda siempre errante la sombra de Caín” |
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